Crecer libre y salvaje.

Crecer libre y salvaje.

Desde que soy mamá me fijo en cuántas normas absurdas existen para la “buena educación” de las niñas. De hecho hay muchas más prohibiciones que libertades.

Y mi hija de 2 años y medio no entiende el “No puedes hacer esto”, lo hace y punto y a pesar de que a lo mejor ha desordenado toda su habitación a los 5 minutos de yo haberlo colocado todo en su sitio, mi parte más libre y salvaje me dice “Está bien. Desordénalo todo. Dale vuelta a las cosas. Inunda el pasillo con tus juguetes. Toca las cuerdas de tu ukelele y rómpelas. Grita. Come tu yogur con las manos. Pinta tu cara con el boli. Súbete al sofá con tu mantita al cuello chillando “Super nena!!”. Salta en la cama. Cuestióname. Dime que no cuando yo digo que sí. No aceptes normas. Crea las tuyas. “

Y a veces digo este tipo de frases en voz alta. Y ella me escucha y veo cómo su cerebro se pone en funcionamiento. A veces me agacho, me pongo a su altura y le hablo

“Quiero que sepas que mamá y papá no siempre tienen razón. No lo saben todo. Hay veces que hacen las cosas mal. Hay veces que se equivocan. Hay veces que tú tienes razón y yo no. ”

Y puede que no entienda exactamente el significado de todas las palabras pero hay algo en su mirada que me dice que sí entiende lo que le digo. Por eso cuando escucho a alguien la frase de “Porque lo digo yo”, pienso “No sabes lo que te estás perdiendo”.

Y a veces cuando tengo un mal día tengo que esforzarme para no caer en estas mierdas de madres autoritarias porque soy humana y vulnerable pero sé que no es bueno ni para ella ni para mí. Puedo solucionar un conflicto haciendo prevalecer ni superioridad pero no es un aprendizaje en ninguno de los sentidos porque mañana se presentará el mismo conflicto y mañana y mañana y mañana todo seguirá igual. Pero si vuelvo a ser la niña libre y salvaje que fui, puedo entenderlo todo mucho mejor, puedo respirar profundamente, mirar a mi hija y explicarle las cosas con amor y respeto. Puedo contener su llanto y yo el mío y días, o semanas o meses más tarde puedo ver que mi esfuerzo ha valido la pena y que ha dado resultado. Puedo ver que lo he hecho bien. Y eso me da más fuerza para ir a veces a contracorriente en un mundo donde no se les permite a las niñas ser niñas.

Uno de los recuerdos más fuertemente gravados en mi mente y en mi corazón es de cuando mi madre o mi padre me entendían. Cuando me hablaban con calma y tranquilidad y me explicaban porqué lo que había hecho estaba mal. Y aún así no me castigaban. Y aún así me dejaban ser niña de nuevo y cometer errores de nuevo y de nuevo volver a aprender.

Y aunque era pequeña y no podía explicarles todo lo que sentía, una parte silenciosa dentro de mí les estaba dando las gracias.

Y creo que a mi hija le pasa lo mismo. Y quiero que cuando pase el tiempo y crezca, recuerde que su mamá le dio plena libertad para cometer sus propios desastres y la abrazó cuando se sentía sobrepasada por un torrente de sentimientos que aún no sabía gestionar.

Y como nadie es perfecto ni debemos pretender serlo, no voy a exigirle a una niña pequeña que lo sea. No puedo exigirle que no se ensucie cuando coma porque debe de aprender a hacerlo sola y en sus intentos se le caerá la comida de la cuchara o el tenedor. Pero cuando logra llevar su ración a la boca y lo ha hecho ella estoy segura de que la comida le sabe mejor y aunque no sea consciente de ello, ha conseguido un gran logro. No puedo exigirle que se esté quietecita en una tienda cuando su mamá está comprando porque hay demasiados estímulos para ella a su alrededor e intentará tocarlo todo, se aburrirá, se querrá ir porque no es un lugar donde ella quiera estar. No puedo exigirle que salude a mis amigos o familiares como yo lo hago, con el cariño que yo lo hago o con respeto porque ella no los conoce, no son sus amigas, o los ve poco, no tiene el vínculo que yo tengo con ellos. Por eso me encanta y no puedo reprimir una sonrisa cuando alguien le dice “¿Me das un beso?” y ella contesta llena de seguridad “No”.

“Mamá, ¿puedo andar con la cabeza?”

Ayer le he explicado que no debe ceder ante chantajes emocionales. Es muy común que alguien le diga a una niña pequeña “Si no haces esto me voy a poner muy triste” y no saben lo devastadora que es esta frase. No saben que lo que le están diciendo en realidad es “Tú, niña pequeña, eres la culpable de que me sienta mal, de que no esté feliz. Tú, niña pequeña, como no haces exactamente lo que yo quiero estás provocando que me sienta triste con lo cual eres mala y debes de hacer lo que yo quiera para que yo me sienta mejor”. Ella me estaba mirando mientras yo le decía que ella no será nunca la responsable de la infelicidad de los demás.

Al terminar le pregunté “Me has entendido?” Me dijo “No”. Bien, mañana se lo volveré a explicar y también mañana y mañana y mañana. Y mientras, nos estamos creando nuestro propio oasis libre y salvaje.

Con esto no quiero decir que mi hija no necesite normas o rutinas. Las necesita y las tiene. En lo que su papá y yo consideramos importante que así sea como lo es su alimentación, su salud, su sueño, el respeto hacia los demás y a su propio cuerpo, su propio espacio, sus juegos que son las herramientas que utiliza para descubrir y aprender… Pero ¿en serio es necesario forzarla a que se comporte como una adulta? No tiene aún tres años y no quiero que piense que hace las cosas mal porque en realidad ¿qué es lo que puede hacer mal una niña? De hecho creo que la única que comete errores soy yo. Porque nadie nace sabiendo ser mamá pero todas hemos sido unas perfectas y maravillosas niñas pequeñas a las que les gustaba gritar y saltar y ensuciarse sin importarnos si ese vestido era nuevo o había costado no sé cuánto o si las manchas de fruta son difíciles de quitar.

Somos nuestra infancia. Somos nuestros recuerdos y cuando éstos sean lo único y lo más importante que nos quede, qué bien que sean maravillosos.

Deja un comentario

Cerrar menú